Ya hace muchos años que voy identificando el cambio de estación a través de este apéndice que la naturaleza me otorgó con gran generosidad ( aunque hubiera preferido que fuera más generosa con otras partes de mi cuerpo pero esto es lo que hay ).
No sé si a vosotros os ocurre pero para mi cada estación tiene un olor peculiar y lo percibo al inicio de la misma, ( aunque no suele coincidir con el calendario oficial ) después estos olores se van diluyendo por el hábito según se avanza en la estación.

El verano me huele a barbacoas, a crema solar, a jazmín, a brisa marina ( sí, ya sé que aquí me queda un poco lejos el mar, pero creo que ese olor lo voy a llevar siempre conmigo, al fin y al cabo sigo siendo mediterránea... o fenicia, como me dijeron en una ocasión en Burgos ).

El invierno , por el contrario, estimula mi cerebro con el aroma de la leña quemada, del frío ( es extraño pero yo le otorgo un olor característico a esta sensación térmica), de sopas calientes y burbujeantes en la cocina, de dulces navideños...

La primavera, aunque suene a tópico me trae el perfume de las flores, el despertar de los campos plagaditos de lirios y amapolas , el trino de los pájaros... ( todo esto desde que vivo en el campo, claro) En Valencia eran otros los olores que anunciaban la llegada de la primavera como el azahar, la pólvora o en alguna madrugada el hedor a vómitos tras una intensa noche de fiesta fallera ( aunque para que negarlo también tiene su encanto y más cuando se ha sido en ocasiones partícipe ).

Y el otoño, tras un largo verano seco, cálido y luminoso, me va sumergiendo en el frasquito, en el olor a tierra mojada tras la lluvia, en los colores tenues y las hojas caídas... y como no en la melancolía.
Lo mejor de todo esto es que cada olor te trae de nuevo situaciones vividas, sentimientos compartidos y en ocasiones la presencia ansiada de personas que ya no tenemos.
Que os lleguen aromas gratos este otoño.